El modelo agrícola almeriense y la Inteligencia Artificial

La revolución que promete la Inteligencia Artificial puede servir como una oportunidad para reflexionar sobre el futuro del sector. Sobre todo, sobre el papel del agricultor y la forma en que la tecnología se debe integrar en uno de los sistemas agrícolas más dinámicos de Europa.

 

La revolución que está suponiendo el desarrollo de la Inteligencia Artificial promete transformar, entre otras muchas cosas, los sistemas productivos en todos los sectores. Y sí, incluso si somos un poco escépticos sobre los plazos de tiempo y los augurios con que las grandes tecnológicas nos inundan cada día para (sospechamos) respaldar sus modelos de negocio y cosechar las ingentes inversiones que requieren, tenemos que reconocer que esta nueva tecnología tiene una capacidad transformadora enorme, disruptiva.

Las cosas están cambiando, qué duda cabe. Y el sector agrícola, ese centro del que depende todo nuestro sistema vital, y que ha permitido que nuestra población crezca hasta los varios billones de personas, también verá llegar innovaciones que reformarán muchas de sus prácticas y estructuras asentadas.

Sin embargo, el sector agrícola tiene algunas características propias, y pienso que hay un verdadero riesgo en la simple generalización de conceptos y razonamientos que, siendo válidos para sectores como el industrial, el empresarial, la medicina o la comunicación, no son automáticamente extrapolables al agrícola.

La tecnología ya estaba aquí

A menudo se habla de la Inteligencia Artificial como si fuera una revolución completamente ajena al mundo agrícola. Y, sin embargo, la tecnología no es nueva en este sector. Para no irnos demasiado lejos en la Historia, y de paso entrar ya en el tema que concierne a este artículo, apuntaré al hecho indiscutible de que, por ejemplo, el modelo agrícola almeriense ha sido, desde sus orígenes, profundamente tecnológico.

La agricultura intensiva bajo plástico, el desarrollo del riego por goteo, el control biológico de plagas, o los sistemas avanzados de logística y exportación, son ejemplos de una innovación constante que ha permitido a una de las regiones más deprimidas de España, convertirse en unas décadas en un referente europeo, y mundial en este sector. Los agricultores almerienses ya están acostumbrados desde hace años a muchos de estos aparatos que ahora algunos entusiastas de la IA venden como propios. Los han visto surgir y evolucionar, los han adoptado, con mayor o menos cautela, han visto sus resultados reflejarse en sus cuentas de resultados…

De modo que ahora, cuando ven a la Inteligencia Artificial enfilar también hacia sus campos…, saben que deben escuchar, pero no se sienten ante algo radicalmente ‘nuevo’. Por ahora, la tecnología les habla de mejores sensores, de modelos predictivos, de plataformas de gestión. Todo apunta a una agricultura más eficiente, más precisa, más ‘inteligente’. Muy bien. Pero cuando se intentan introducir conceptos totalmente disruptivos, que subvierten aspectos esenciales como la sustitución de la fuerza laboral, o los procesos de decisión en sus cosechas… El sector sabe que conviene hacer una pausa e ir con cautela.

Material sensible

El agricultor trabaja con elementos sensibles: la tierra, el clima, la vida que tiene que plantar, cuidar y conocer muchas veces mejor que a sí mismo. Con la realidad de la Naturaleza. El suyo es un sector muy variable, dependiente de factores que en otros no tiene el mismo impacto (una lluvia, unos años de seca, un bicho llegado en el viento, los ciclos de las estaciones, un cambio en los hábitos nutricionales…). Y sabe que con esos elementos no se juega, “no se les puede hacer cualquier cosa”, como me han dicho varios agricultores. Aquí los cambios hay que pensarlos muy bien.

Saben, además, que no toda incorporación tecnológica implica una mejora real. Y en un sector como la agricultura, donde las decisiones tienen consecuencias directas sobre la producción, el entorno y la economía, la diferencia entre adoptar y comprender es crítica. Y la IA puede analizar datos climáticos, prever rendimientos, optimizar el uso de agua o los fertilizantes. Incluso, por qué no, puede ayudar a tomar decisiones mejor informadas. Pero no comprende el terreno, ni sustituye la experiencia acumulada durante años de trabajo.

Buscando el equilibrio

Es una cuestión conceptual, más que tecnológica. Confundir una herramienta que procesa información con un sistema que ‘sabe’ qué hacer, puede llevar a una dependencia peligrosa, especialmente cuando (como ocurre con la IA) los modelos son en su mayoría opacos, y sus resultados tienden a aceptarse sin cuestionamiento.

La agricultura siempre ha sido una actividad de equilibrios entre el conocimiento, la experiencia, la intuición y la adaptación constante a condiciones cambiantes. Y la Inteligencia Artificial puede reforzar ese equilibrio, o debilitarlo. Como con toda herramienta, dependerá de cómo se utilice.

Tal vez más que otros sectores, el agrícola ha aprendido que la verdadera transformación no vendrá de la incorporación apresurada de más tecnología, sino de integrarla con criterio y entender en qué contexto tiene sentido aplicarla, y qué aporta, y qué no.

Una nueva capa tecnológica

El llamado ‘modelo Almería’ es uno de los fenómenos agrícolas más singulares de Europa. Es un modelo basado en miles de explotaciones familiares y cooperativas, y ha desarrollado una intensa capacidad exportadora. Pero, sobre todo, ha demostrado una enorme capacidad de adaptación tecnológica.

Pienso que, más allá de las mejoras en los sensores agrícolas, la predicción de cultivos o la automatización, el verdadero elemento disruptivo inmediato que puede ofrecer la IA a un sector agrícola como este, es el referente al análisis de datos.

La Inteligencia Artificial no sustituirá al agricultor, ni a su experiencia y conocimiento de sus campos, ni a su necesidad de una fuerza laboral. Pero sí añadirá una nueva capa de información y análisis sobre los cultivos. El criterio seguirá siendo del agricultor (o debe seguir siéndolo), pero este podrá ser ahora un criterio mejor informado, y eso ya es una mejora sustancial.

Para las empresas, además, el acceso a esta nueva capa de información puede representar un avance disruptivo en un mundo cada vez más competitivo, en el que aparecen nuevos competidores regionales y globales. La mejora de las herramientas para el estudio y uso de sus datos sí puede constituir un elemento diferenciador en este contexto, y brindar unas ventajas competitivas palpables. Vamos hacia un mundo en que la información será cada vez más importante.

El cambio silencioso

La verdadera disrupción que enfrenta el campo almeriense tiene más que ver con la manera de tomar decisiones. Cada vez más, estas estarán asistidas por mayores cantidades de datos, estudios de mercado más pormenorizados, o mejores predicciones climáticas. Incluso, por la gestión automática de muchos procesos.

El agricultor del futuro será, probablemente, menos un ejecutor de tareas repetitivas y más un gestor de sistemas complejos. Pero cuidado, este no es un reto menor. Para ello necesitará ampliar su visión estratégica, pues ante el sector se abren nuevos retos, y de índoles que antes no se manejaban como prioritarias.

Para poner solo un ejemplo: cuando la agricultura del futuro genere enormes cantidades de datos sobre cultivos, suelos, agua, producción y mercados… ¿quién controlará esos datos y la forma en que se utilizan?

Pero pienso que podemos ser optimistas. La revolución que promete la Inteligencia Artificial puede servir como una oportunidad para reflexionar sobre el futuro del sector. Sobre todo, sobre el papel del agricultor y la forma en que la tecnología se debe integrar en uno de los sistemas agrícolas más dinámicos de Europa.

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