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Inteligencia Artificial y Medicina, una sinergia que nos afecta a todos
Algo distingue a este sector de muchos otros, y es que en él se ha abordado en seguida un debate que debe estar en el centro de todo lo relacionado con el surgimiento y desarrollo de la Inteligencia Artificial: la relación entre la automatización que supone, y el papel de las personas en este contexto. De alguna manera, seguimos necesitando el componente humano cuando nos relacionamos con la medicina.
Lo que está ocurriendo en el sector de la medicina es el primer ejemplo que salta en todas las conversaciones cuando se quiere argumentar sobre las ventajas que supone el desarrollo de la Inteligencia Artificial. Y es lógico. La IA está transformando rápidamente este campo con nuevos métodos y posibilidades para diagnosticar, tratar y gestionar enfermedades, pero su impacto va mucho más allá. Desde la biomedicina hasta la gestión y análisis de los datos, o, incluso, la reducción de la carga burocrática que ha devuelto a los médicos hasta un 20% de su tiempo para atención directa a los pacientes, la IA está mejorando la precisión y eficiencia de los procesos médicos.
La práctica de la medicina es un campo que siempre ha bebido de todas las ciencias, siempre ha ido de la mano de la tecnología, de modo que ha acogido la llegada de la Inteligencia Artificial de una forma mucho más orgánica y ‘natural’ que en otros sectores. La inmensa mayoría de los hospitales de alta complejidad, por ejemplo, han implementado ya algún sistema de IA para apoyo diagnóstico o gestión de flujos de trabajo, y cada mes surgen cientos de algoritmos de IA aprobados incluso por la FDA.
Los avances son tangibles y prometedores. La IA ha superado la capacidad de detección humana en tareas específicas de alta carga visual, como la detección de patologías, el análisis de biopsias a nivel unicelular, o la identificación de biomarcadores invisibles al ojo humano. Se ha acelerado el ciclo tradicional de descubrimiento de fármacos. La IA integra datos para diseñar tratamientos específicos, y los algoritmos preventivos analizan el historial clínico de los pacientes en tiempo real, para alertar, por ejemplo, sobre riesgos de sepsis o fallos cardíacos hasta 48 horas antes de que aparezcan síntomas clínicos evidentes. Y ya se habla, por ejemplo, de la integración de la IA con análisis de sangre para detectar fragmentos de ADN tumoral en etapas ultratempranas, antes de que sean visibles en un TAC… En zonas rurales o países en desarrollo, además, un técnico con un smartphone y una IA puede realizar diagnósticos cada vez más precisos…
El debate que hace una diferencia
En fin, los ejemplos son muchos, pero, en resumen, lo cierto es que la IA va camino de convertirse en la columna vertebral de la sostenibilidad de los sistemas sanitarios modernos, y todo apunta a que permitirá una medicina verdaderamente preventiva y personalizada.
Sin embargo, hay algo que, en mi opinión, distingue a este sector, y es que en él se ha abordado en seguida un debate que debe estar en el centro de todo lo relacionado con el surgimiento y desarrollo de la Inteligencia Artificial: la relación entre la automatización que supone, y el papel del ser humano en este contexto.
Es un debate con un componente ético, desde luego, y ha ayudado el que en este sector exista un compromiso ético milenario (sí, el hipocrático), que los médicos asumen al graduarse y casi se tatúan en su conciencia, que los compromete a priorizar la salud del paciente, respetar la vida y mantener la dignidad profesional. Que me venga a la cabeza de pronto, pocos sectores tienen algo parecido, y, desde luego, no lo tienen los relacionados con el mundo de las tecnologías o los negocios.
Pero no voy a pretender siquiera hablar aquí desde el punto de vista de los médicos o especialistas. Vamos a hacerlo desde el punto de vista de lo que la gran mayoría de nosotros somos (o seremos) en este sector: pacientes. Gente que, tarde o temprano, nos sentiremos fatal, de una forma u otra, que nos enfrentaremos a noticias duras que paralizarán nuestras vidas, y acudiremos a un hospital para afrentar allí algunos de los tragos más amargos de nuestro paso por este mundo.
En el fondo, como seres humanos y como sociedad, sabemos que con la salud… mejor no jugar. Lo vamos aprendiendo con la propia vida. Con las dolencias que vamos teniendo, con las historias que vamos escuchando, o sufriendo en los amigos y seres queridos…
La necesidad del componente humano
Nos puede importar poco que un código informático lo escriba un modelo de IA, o que un pedido desde China lo gestionen unas máquinas. Nos puede molestar más o menos que, cuando intentamos hacer una gestión por teléfono, nos atienda un robot. Pero cuando uno va al médico…
Sí, te pueden pasar por mil aparatos y escáneres, incluso operar usando máquinas de precisión inaudita para un humano. Pero tiene que haber un(a) médico(a) ahí. Un enfermero o enfermera. Alguien que te mire, que te responda las preguntas, que te pregunte dónde te duele, se quede pensando antes de mandarte unas medicinas, y luego se responsabilice con tu tratamiento…
De alguna manera, seguimos necesitando el componente humano cuando nos relacionamos con la medicina. Y, además, sabemos que este es un campo en el que la experiencia de muchos años de trabajo y brega, es fundamental. No solo le da al facultativo más conocimientos y destreza, también le agrega una pátina de conocimiento del paciente como ser humano con avatares y consecuencias, con etapas de la vida y circunstancias…
Sinergia
Y es que los propios datos que están apareciendo avalan esta relación sinérgica entre los humanos y la IA en este sector. En un estudio publicado en Nature, por ejemplo, en el cribado de nódulos pulmonares la IA alcanzó una precisión del 94%, frente al 65% de los radiólogos sin asistencia; pero cuando trabajan en conjunto (humano + IA), la precisión subió al 97%.
De modo que, al parecer, la tendencia actual es lo que se ha dado en llamar IA Aumentada, donde la máquina asiste, pero el médico valida. Es un enfoque centrado en potenciar las capacidades humanas en lugar de reemplazarlas, una colaboración para aumentar la productividad y mejorar la toma de decisiones. La IA, las máquinas, ayudan en el análisis de datos, el reconocimiento de patrones y otras tareas repetitivas, mientras los humanos aplican también su juicio, creatividad y contexto.
Un debate complejo
Es un tema complejo, por supuesto. A medida que los algoritmos se vuelven más complicados, surgen problemas como la ciberseguridad, los sesgos, la opacidad, etc. En este año, la AI Act de la UE ha establecido pilares críticos, como la explicabilidad (XAI, por sus siglas en inglés), que prohíbe diagnósticos de ‘caja negra’ (si una IA identifica una metástasis, por ejemplo, debe generar una explicación técnica que justifique por qué tomó esa decisión, el médico tiene el ‘derecho a la duda’ y el paciente el ‘derecho a la explicación’).
También está ‘caliente’ el debate jurídico de la responsabilidad civil. ¿Quién tiene la responsabilidad final si ocurre algo? ¿El médico, si decide seguir o ignorar una recomendación de la IA, o la empresa desarrolladora de esta, si el error se debe a un sesgo en los datos de entrenamiento? Y existe el riesgo de una ‘sanidad de dos velocidades’, en la que algunos puedan pagar hospitales con IA de vanguardia, pero otros dependan de sistemas públicos saturados que aún no han completado la transición digital.
No son temas simples, pero al menos en el ámbito de la medicina se están abordando. Y esto ya es un avance. La responsabilidad de llevarlo a buen puerto es de todos, pues nos afecta a todos. Con la salud no se juega, y siempre preferiremos tener delante a una persona que sepa lo que es sentirse mal, tener un dolor de cabeza o lo que deprime estar postrado en una cama. Somos humanos y nos curamos en hospitales (aunque sean cada vez más sofisticados), no en talleres o cadenas de producción, como las máquinas. No sé si ellas entenderán esto algún día, nosotros no debemos olvidarlo.
