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Ideas sueltas sobre la Inteligencia Artificial en una época confusa (3): La otra mano del mago
Confundidos por el ruido reinante, y preocupados por si la Inteligencia Artificial será más lista que nosotros, no estamos viendo que el desafío real es si el planeta puede permitirse alimentarla.
Los magos profesionales saben que el público solo puede concentrarse en una cosa a la vez. No te pueden decir que cierres los ojos, claro. De hecho, saben que los vas a mirar con más atención. Así que lo que realmente les lleva años de práctica es la habilidad para enseñarte algo (un gesto, un objeto…) que desvíe irremediablemente tu atención, para hacer el ‘milagro’ con lo que no mires. “El truco no está en la mano, está en tu mente”, es la frase que usan.
En un artículo anterior hablé del velo que se ha construido con el lenguaje en torno al mundo de la tecnología, y, sobre todo, de la Inteligencia Artificial. Pero hay otros, desde luego. El bombardeo constante de noticias y anuncios rimbombantes, el ruido de las discusiones (y, últimamente, hasta los juicios), la permanente controversia de expertos en todos los tramos del espectro de opiniones, todos respaldados por una cascada interminable de datos, siglas y conceptos…
Incluso para los más avezados e informados, es una carrera extenuante en la que no hay fines de semana ni vacaciones, que requiere revisar newsletters y novedosos informes cada día. La mano del mago se mueve frenética delante de nuestros ojos, y lo que importa, muchas veces, ya ni siquiera permanece oculto, sino sepultado entre todo ese maremágnum de grandilocuencia.
Fuerza bruta y megavatios
Pero, ¿qué es lo que no estamos mirando? ¿Qué se oculta tras los velos? Pues, entre otras cosas, y evitando teorías conspirativas, nada menos que la propia naturaleza del fenómeno, su base física real: la IA no es solo una entidad diferente de lo humano en lo cognitivo, también lo es en lo físico más básico, en cómo depende del mundo para existir.
La primera gran diferencia es la magnitud. El cerebro humano opera con unos 20 vatios, lo que cuesta mantener encendida una bombilla pequeña. Con esa energía procesa el lenguaje y la visión, realiza la regulación homeostática (mantener la temperatura, el latido del corazón, la digestión…), sostiene la capacidad de consciencia y abstracción… Para que una IA realice lo del lenguaje, por ejemplo, solo una de esas tareas, necesita una infraestructura que consume megavatios. El humano es optimización química, y solo necesita un plato de comida. La IA actual es fuerza bruta termodinámica. Para ‘pensar’ necesita ‘quemar’ el mundo, mantener una infraestructura física masiva que está reconfigurando el mapa energético mundial.
Una consulta en un sistema de IA generativa consume hasta diez veces más que la ‘tradicional’ que hacíamos en Google. Los centros de datos (los verdaderos ‘cerebros’ de la IA) han dejado de ser simples naves industriales, para convertirse en grandes consumidores nacionales. Se estima que su consumo global está ya en los alrededores de los 415 TWh anuales, el 1.5% de la electricidad que se consume mundialmente.
Estamos hablando de un gasto energético que ya supera el consumo eléctrico total de países como Argentina o Suecia; y en Estados Unidos los centros de datos ya absorben el 6% de la electricidad nacional (*), una cifra que ha obligado a reabrir centrales nucleares, o buscar acuerdos directos con las ya existentes.
Pero es que no solo consume energía usar la IA. Lo verdaderamente exigente es ‘crearla’. Entrenar un modelo avanzado, como los sucesores de GPT-4, consume aproximadamente 50 GWh, más o menos la energía que gastan 4.600 hogares promedio durante todo un año.
El agua
Por no hablar del impacto hídrico. A menudo olvidamos que los servidores, además de consumir electricidad, generan un calor brutal, y para evitar que los chips se derritan (literalmente), los centros de datos utilizan sistemas de enfriamiento que dependen del agua.
Una conversación de 20 a 50 preguntas con un modelo de lenguaje ‘bebe’ aproximadamente medio litro de agua potable para enfriar los servidores (es como beberse una botella pequeña de agua por chat). Un centro de datos promedio puede consumir cerca de 1.1 millones de litros de agua al día para refrigeración. Y no es agua que ‘se usa y se devuelve’. En los sistemas de torres de enfriamiento, gran parte se pierde por evaporación, para disipar el calor. Para 2026, se estima que la demanda de agua de la IA alcanzará los 6.6 mil millones de metros cúbicos, lo que equivale a la mitad del consumo anual de agua de Reino Unido.
La IA compite directamente por el recurso hídrico con la agricultura local y el consumo humano. Muchos centros de datos se construyen en zonas donde el agua es escasa, y, además, pueden calentar el agua de ríos cercanos afectando ecosistemas enteros. Esto, claro, ha generado tensiones sociales.
Extraños alquimistas
Nosotros extraemos energía de una manzana. La IA necesita energía que ha pasado no solo por un sediento proceso que ha requerido una tremenda transformación industrial previa (combustión, fisión nuclear o captación solar). Además, ha sido necesario un masivo proceso extractivo de materiales valiosos. Y, créanme, nada es virtual si requiere tierras raras.
Para obtener un solo kilogramo de neodimio o disprosio para los componentes de la IA, a veces hay que remover una tonelada de roca, en procesos que generan balsas de lodos tóxicos y radiactivos. El precio del cobalto y del litio se ha disparado en más de un 100% cada uno, desde que comenzó el auge de la Inteligencia Artificial. La IA, además, está ‘vaciando’ las minas de cobre del mundo. Un solo servidor de IA de última generación puede contener kilómetros de cableado interno de este metal (sin contar el de las bobinas de los transformadores), de modo que su precio ha subido un 35% este año. Y se estima que hay más oro en un centro de datos de IA que en muchas joyerías de lujo (el oro y la plata se usan en los contactos de los microchips, por su alta conductividad).
Y, por no dejar cosas en el tintero, hay que hablar también, al menos un poco, de geopolítica. China controla cerca del 90% del procesamiento de tierras raras. Materiales como el galio y el germanio (vitales para semiconductores de alta velocidad) se han convertido en auténticas ‘armas diplomáticas’. Si China cierra el grifo, la IA se detiene.
En realidad, nos hemos convertido en unos alquimistas extraños. Los antiguos querían convertir el plomo en oro. Nosotros estamos triturando oro, cobre y tierras raras para convertirlos en ‘píxeles’ y ‘predicciones’. Hemos transformado la riqueza física del planeta en una riqueza digital que, sin la primera, se desvanecería en milisegundos.
El desafío real
El mago agita una mano, reclamando nuestra atención. Con ella ha creado ante nuestros ojos un telón en el que se mueven colores y sombras, una danza frenética de nombres equívocos y ruido mediático, aplicaciones adictivas y un mar de datos y estadísticas en el que lo auténtico ya tiene que competir con lo parcial o engañoso. Intentamos concentrarnos, ver el truco en la otra mano, pero es difícil.
¿Es así? ¿Hay un mago? ¿Se han creado velos para edulcorar u ocultar la realidad? ¿O es todo más prosaico, no más que una consecuencia de esta época enloquecida que hemos creado, y que nos lleva ‘hacia delante’ agarrados por la nariz?
Sea como sea, al usar palabras como ‘generativa’ o ‘memoria’, al no poder centrar nuestra atención y reflexionar con tiempo y criterio ante los datos que nos inundan y confunden, no vemos que estamos ante una industria pesada. El riesgo es que, entonces, olvidamos que el destino de la IA está atado, de forma mucho más precaria que el nuestro, a la salud física del planeta.
Puede que, al final, ese sea el truco que esconden los movimientos de manos del hipotético mago que reclama nuestra atención: tan preocupados sobre si la ‘etérea’ Inteligencia Artificial será más lista que nosotros, no estamos viendo que el desafío real es si el planeta puede permitirse alimentarla.
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(*) Todos estos datos son de ahora, mayo de 2026. A saber en unos meses…
