Trilogía sentimental de la IA (3): más allá del entusiasmo y el miedo (o el esfuerzo de mantener el rumbo)

La Inteligencia Artificial ha llegado para quedarse, y no sirve de nada abordarla con miedo o pasión. Los sabios de todas las culturas siempre lo han dicho, el único camino bueno es el del medio. Y en este asunto de la IA, ese es el de mantener el control, el rumbo de nuestras decisiones y nuestro intelecto. En realidad, no nos queda otra.

 

Así pues, a medida que vivimos esta época y vamos desenrollando día tras día el trozo que nos ha tocado del largo lienzo de la Historia, vamos encontrando esta gran mancha de colores entrelazados que marca el comienzo de una nueva revolución tecnológica, a la que hemos llamado Inteligencia Artificial. Promete expandirse por todo el lienzo, y es una creación nuestra, tenemos que conformarla, y cuidar cómo transformar con ella muchos de los dibujos y trazos que componen la urdimbre social y cultural que ha llegado hasta aquí. La pintura aún está fresca, y cuando nos ponemos a la obra y nos mancha las manos, provoca reacciones intensas y encontradas. En muchos, la fascinación; en otros, el miedo o la aprensión.

Pero las reacciones intensas no son, necesariamente, buenas guías para la acción. La fascinación puede nublar el juicio, el miedo puede bloquearlo. El camino correcto, dicen los grandes filósofos, es siempre el del medio. Y si en la ética, o en ‘la vida’, el camino del medio puede ser la mesura, o la templanza, ante este reto tecnológico que atañe fundamentalmente a nuestra labor cognitiva, esta ruta del centro tiene que tener, necesariamente, una raíz intelectual.

Y la semilla desde la que puede brotar esta raíz es el conocimiento: entender qué es la Inteligencia Artificial. Es un camino más exigente. ¿Qué puede hacer la IA, y qué no? ¿Qué va a cambiar realmente, y en qué sentido? Sólo a partir de ahí podremos tener alguna posibilidad de decidir qué hacer, y qué no, con estas pinturas que nos manchan las manos cuando trazamos nuestro futuro.

Lo que se debilita, puede terminar perdiéndose

La cuestión de nuestra posición respecto a la IA, pues, está en decidir si estamos dispuestos a pensarla con claridad y criterio. El tema es muy amplio y, ciertamente, exigente, y aquí no puedo más que esbozar algunas ideas sobre el asunto.

Pienso que, tal vez, para empezar a pensar la Inteligencia Artificial debamos alejarnos un poco de ella, y de todo el ruido y los intereses que la rodean y sostienen, para verla en su conjunto y hurgar en sus basamentos. Y allí, encontramos que se está gestando un desplazamiento que todavía no terminamos de aquilatar adecuadamente.

Durante siglos, el conocimiento estuvo ligado al esfuerzo. Saber requería tener acceso, tiempo, empeño… Las respuestas eran limitadas, y alcanzarlas implicaba recorrer un camino, y pensar no era una opción, sino la condición misma para llegar intelectualmente a algún lugar. Hoy, ese marco está cambiando. Desde la aparición de internet y los buscadores cada vez más potentes, las respuestas están disponibles, y no de forma parcial o fragmentaria, sino inmediata, continua, casi inagotable. Y con la IA, esto ya se está convirtiendo en algo exponencial. Preguntar está dejando de ser el inicio de un proceso, para convertirse en un gesto que activa una respuesta ya construida.

Y, sin embargo, algo se pierde en ese tránsito. Las respuestas son, en su mayoría, correctas, útiles, precisas, incluso brillantes en su formulación. Pero, si podemos disponer de ellas sin haber atravesado el proceso que les da sentido, la relación entre respuesta y comprensión se debilita.

Y, precisamente, ese proceso era el espacio en el que se construía la propia comprensión. Nos estamos equivocando, no era este el obstáculo técnico que debíamos subsanar con la tecnología. En ese desarrollo cognitivo, el error afinaba el juicio, la dificultad obligaba a organizar el pensamiento, el tiempo operaba como filtro y como estructura… Al eliminarlo (o, al menos, al hacerlo prescindible), sí, ganamos velocidad, pero también perdemos algo esencial, la profundidad que ese proceso hacía posible.

Ilusiones

Y así, la Inteligencia Artificial no está introduciendo simplemente una nueva herramienta en nuestro proceso de razonamiento. También intercala una nueva relación con el conocimiento, en la que el resultado puede desligarse del recorrido.

Y, si lo hace, aparecen varias ilusiones. Por un lado, asumir que tener acceso a una respuesta equivale a comprenderla. Y… no, comprender implica más que reconocer la corrección de una formulación. Hay que situarla, relacionarla, integrarla en un marco más amplio. En última instancia, comprender transforma al sujeto que conoce. Pero nada de eso está garantizado por el acceso ‘fácil’ a respuestas ‘mecánicas’.

Por otro lado, la fluidez con la que esas respuestas se presentan hace que, al empezar a operar con resultados que no entendemos del todo, proyectemos sobre nosotros mismos una competencia que en realidad no hemos desarrollado. La capacidad de producir textos, análisis o decisiones apoyadas en sistemas externos puede generar la apariencia de dominio (sería algo así como la sublimación de tu ‘cuñado’ interior). Pero, si esa apariencia no corresponde necesariamente a una comprensión real, cuanto más se generalice como dinámica social, más difícil se hará distinguir entre ambas. Y esta, ay, es una tendencia devastadora que puede profundizar en nosotros de forma tan sutil…

El criterio

De modo que, cuando la producción de ideas se independiza del proceso por el que llegamos a ellas, la relación entre hacer y entender se debilita. Y con ella, la forma en que evaluamos nuestras propias capacidades.

¿Qué podemos hacer ante esto? Como estamos buscando el ‘camino del medio’, el del equilibrio y la no confrontación, pienso que, lo primero, debemos respirar hondo y aceptar el reto sin amargura. La revolución de la IA es ineludible en nuestro propio desarrollo histórico. Ha llegado su momento y, bueno, también tiene muchas cosas positivas (en la medicina, las ciencias, la economía, la agricultura…).

Una vez reconciliados con la idea, podríamos ver que, en este contexto, el valor de nuestra capacidad intelectual no desaparece. Se desplaza a otro lugar. Sí, puede que las máquinas nos den respuestas más rápido, o con más datos, o más informadas, pero estas en realidad no son nada sin nuestra capacidad para evaluarlas, para reconocer sus límites, situarlas en un contexto y decidir cuándo son suficientes y cuándo no.

Ese conjunto de habilidades, difícil de formalizar y, aún más, de automatizar, es lo que podemos llamar criterio, y no va de saber más cosas, sino de relacionarse de otro modo con lo que se sabe… y con lo que no se sabe. Implica una forma de atención, de selección, de juicio. Es la verdadera trinchera de resistencia humana a la inercia de la respuesta inmediata.

Fijando el rumbo

Es una capacidad que siempre nos ha acompañado, pero ahora se hace central, y exige responsabilidad. La Inteligencia Artificial, como ‘máquina’ que es, no decide en sentido estricto. No establece fines, ni asume consecuencias, ni responde por lo que produce, pero sus resultados entran en circuitos de decisión humana. Proponen acciones, sostienen argumentos, influyen en elecciones…

Es casi una paradoja. Delegar en sistemas que no comprenden, hace más importante nuestra propia responsabilidad de comprender. Eso no lo podemos delegar. Son nuestras sociedades y culturas las que están en juego, nuestro futuro, y somos nosotros los que, en última instancia, debemos mantener el control. Ponerle un motor a un barco puede hacer que vaya más rápido, y, vale, puede aliviarnos el tener que fatigarnos remando cada metro que avancemos, pero el rumbo lo debemos seguir fijando nosotros. Somos quienes sabemos a dónde queremos ir…, ¿no?

El camino del medio

No se trata de rechazar la tecnología, pues, ni de idealizar formas anteriores de relación con el conocimiento. La Inteligencia Artificial amplía posibilidades reales y, bien utilizada, puede mejorar procesos de forma significativa.

Pero su incorporación introduce una exigencia que no puede eludirse: la de pensar en un contexto en el que ya no es necesario hacerlo para ‘producir’ información. Ahí está la línea roja, debemos sostener el esfuerzo de comprender en un entorno que ya no lo exige.

Con las manos pringosas de pinturas, seguimos desenrollando cada día el lienzo de la Historia, y nuestro afán sigue siendo tan duro como siempre ha sido. Si miramos atrás, a los muchos metros de tela y colores, y avances, y retrocesos, y guerras, y culturas… Seguimos atenazados por las emociones, por la fascinación, por el miedo, por la incertidumbre y las sospechas… Pero no nos queda otra, los filósofos siempre lo han dicho, el único camino bueno es el del medio. Y en este asunto de la IA, ese es el de mantener el control de nuestras decisiones y nuestro intelecto. Mantener el rumbo.

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