Tecnología y criterio

La innovación en tecnología no va a ralentizarse, y lo sabemos. Vendrán más herramientas, más capacidades, más promesas, pero también más ruido, más intereses…, y más confusión. En ese contexto, el verdadero diferencial será nuestra capacidad de elegir qué debemos adoptar, y para qué, y cuándo… A esto le llamamos criterio, y solo se logra con el conocimiento de lo que se estudia.

 

No me atrevo a asegurar que siempre haya sido así, pero lo cierto es que, en las sociedades actuales, tenemos una idea profundamente arraigada en el centro de nuestra visión del mundo: toda innovación tecnológica, por definición, es un avance. Es casi un mantra, y pocas voces siquiera lo cuestionan, o reflexionan sobre ello.

Si nos atenemos a la historia de esta época contemporánea, en seguida lo vemos. Estamos convencidos de que cada gran salto técnico (la imprenta, la electricidad, internet…) ha transformado el mundo de maneras que hoy consideramos positivas o inevitables. Y esa narrativa ha generado una inercia peligrosa: la de asumir que lo nuevo es, casi automáticamente, mejor.

Pero… ¿Realmente toda adopción tecnológica es progreso? ¿Estamos seguros de que toda innovación mejora aquello que pretende transformar? Con el surgimiento y desarrollo de la Inteligencia Artificial, estas cuestiones han aflorado en el centro del debate científico y social, pero, tal vez espoleados por el impulso de esta nueva revolución tecnológica, seguimos de largo ante ellas sin prestarles mucha importancia.

Tal vez deberíamos detenernos un poco para reflexionar sobre estas cuestiones. O, al menos, tomar resuello y evaluar si los caminos que estamos siguiendo son los correctos. Después de todo, tenemos a nuestra disposición una herramienta que podríamos utilizar, por una vez, para surfear esta gran ola tecnológica que, a todas luces, tiene la capacidad de transformar de forma paradigmática nuestras sociedades y nuestras culturas. Una herramienta aparentemente simple, pero muy potente, y muy humana: el criterio.

La adopción impulsiva

Viene del griego kritérion, y sería algo así como la facultad, regla o medio habitual para distinguir la verdad de la falsedad. Requiere estudio, análisis, un poco del sentido común que da la experiencia, un debate serio y limpio de intereses espurios, y… tiempo. Pero, ay, vivimos en una época en la que, precisamente, la velocidad del cambio tecnológico supera la capacidad de análisis de muchas organizaciones e individuos.

El patrón se repite una y otra vez. Aparece una nueva herramienta tecnológica, o se populariza un nuevo modelo, o surge una nueva tendencia. Y casi de inmediato aparece la pregunta equivocada: “Fantástico, ¿cómo podemos usar esto?”. No nos detenemos a pensar si debe usarse, o para qué, o qué problema resuelve realmente. La adoptamos. Se asume que, si existe, si ha surgido de ese ente abstracto para la gran mayoría que es la tecnología, debe incorporarse a nuestro mundo.

Con la IA, este tipo de adopción impulsiva es, cada vez más, la norma. Y así, nos encontramos con empresas que integran Inteligencia Artificial sin entender sus límites; con centros educativos que introducen herramientas digitales sin una estrategia pedagógica clara; con profesionales que adoptan tecnologías porque “es lo que toca, y todos lo están haciendo”… Pero con ello, irónicamente, lejos de obtener los resultados que se pretenden (sean los que sean en cada caso), lo único que logran es perpetuar y acrecentar el ruido que apaga el criterio, la verdadera herramienta fiable con la que evaluar los problemas que realmente tienen, o el tipo de soluciones que deben buscar.

La presión de la tendencia

No estoy juzgando. Somos humanos, y nuestra sociedad nos somete a presiones poderosas. Detrás de esta adopción acelerada hay una fuerza importante: el apremio por no quedarse atrás. En un entorno competitivo, no adoptar una tecnología emergente puede percibirse como una desventaja. Nadie quiere ser el último en llegar. Nadie quiere parecer obsoleto.

Solo estoy alertando. Esa presión genera un efecto paradójico. Confundimos términos, y en lugar de tomar decisiones más inteligentes, se toman decisiones más rápidas. Se sustituye el análisis por la urgencia, el criterio por la imitación. Si todos lo están haciendo, debe ser correcto, ¿no? Si todos hablan de ello, debe ser importante.

Pero la adopción de una tecnología debe ser una decisión estratégica, no convertirse en un reflejo colectivo. Las tendencias no piensan. Innovar no es acumular herramientas, ni una organización es más innovadora por usar más tecnología. Si nos detenemos a analizarlo, esto debería ser evidente, y, sin embargo, se ha vuelto casi en una frase contracultural…

La innovación real no consiste en incorporar herramientas, sino en transformar procesos, mejorar resultados, generar valor. Y eso requiere no más, sino mejor tecnología, y a veces, simplemente, mejores ideas. Introducir una herramienta sin cambiar el modo de trabajar suele producir un efecto limitado. O, peor aún, a menudo lo que introduce es una mayor complejidad sin beneficio claro.

Y ahora no me dirijo a los especialistas y desarrolladores de la IA, sino al ‘resto de los mortales’, los empresarios, profesores, trabajadores… Cada vez salen más plataformas de Inteligencia Artificial, más interfaces, y generamos más dependencias. Pero seamos sinceros… ¿Realmente siente que con ello logramos más claridad en nuestros trabajos, o nuestras vidas? ¿Podemos decir que por ello entendemos la IA, o lo que estamos haciendo?

La necesidad del análisis previo

La tecnología mal integrada no simplifica. Al contrario, en muchos casos, complica las cosas. Y, por ello, el criterio tecnológico no debe ser una intuición vaga, sino un proceso que implique cuestiones fundamentales como, para empezar, tener bien claro qué problema estamos intentando resolver. Sin una definición clara de este problema, cualquier ‘solución’ que se implemente será arbitraria.

Además, hay una pregunta fundamental que debemos hacer siempre: ¿Qué nos aporta realmente esta tecnología? No en abstracto, sino en el contexto concreto en el que se quiere aplicar. ¿Y qué costes introduce? No solo los económicos, sino también, sobre todo en el marco de la Inteligencia Artificial, los cognitivos, organizativos, y culturales.

Porque, por supuesto, toda tecnología tiene un coste. Incluso las gratuitas. Cuando se introduce un fenómeno tan poderoso como la IA en un entorno, ya sea laboral o social, no se está sustituyendo simplemente unas herramientas por otras. La IA exige aprendizaje, como todo lo nuevo, pero también modifica las dinámicas, y, sobre todo, genera dependencias. Pero esos costes suelen ser invisibles en el entusiasmo inicial.

El espejismo de la modernidad

Es cierto que adoptar una nueva y flamante tecnología puede generar una sensación inmediata de modernización. Interfaces nuevas, lenguaje actualizado, procesos aparentemente más ágiles… Pero cuidado, esa modernidad puede ser superficial. Una organización puede parecer más avanzada sin serlo realmente. Tal vez, antes de implementar herramientas sofisticadas, lo que deba hacer es mejorar su capacidad de decisión; o estar seguros de que no están automatizando procesos que eran ineficientes, acelerando así sus errores…

Hay que detenerse a pensar con criterio antes de dar un paso tan importante, porque la tecnología, por sí misma, no corrige problemas estructurales. Al contrario, los amplifica. Si el problema es la falta de claridad, generará más confusión; y si es la falta de criterio, una tecnología inadecuada solo lo hará más evidente.

Recuperar el juicio

En un mundo saturado de innovación, pues, el verdadero valor no está en adoptar más tecnología, sino en elegir mejor. Pero esto exige recuperar algo que la cultura tecnológica tiende a erosionar: el juicio pausado. Detenernos a veces, al menos un poco, para reflexionar y pensar estratégicamente. Para llegar a tener un criterio sobre el asunto que queremos resolver.

Y cuando hablo de valor, hablo también de valentía. Tener un criterio, a veces, implica aceptar que tal vez la mejor decisión sea no adoptar una determinada ‘innovación’. No todo lo que es posible, es necesario. No todo lo que funciona en una organización, funcionará automáticamente en otra. Y, a veces, esa decisión de no entregarse ciegamente a las modas tecnológicas requiere mucho valor, e inteligencia de la real, la que da la experiencia, el criterio, el análisis.

Tecnología al servicio, no al mando

Después de todo, no debemos olvidar que nuestra relación con la tecnología, para que sea sana, debe ser instrumental. Las herramientas deben estar al servicio de nuestros objetivos claros, y no sustituirlos. Si se invierte esa relación, dejamos de decidir qué hacemos con la tecnología, y empezamos a adaptarnos a lo que esta nos permite hacer. Es un desplazamiento sutil, pero profundo, y en este, lo único que puede actuar como contrapeso es nuestro criterio, informado y bien meditado.

Elegir en lugar de reaccionar

La innovación tecnológica no va a ralentizarse. Todo lo contrario. Y lo sabemos. Vendrán más herramientas, más capacidades, más promesas; pero también más ruido, más presión, más intereses, y más confusión. En ese contexto, el verdadero diferencial será nuestra capacidad de elegir: ¿Qué debemos adoptar? ¿Y para qué? ¿Y cuándo?

El progreso no consiste en avanzar más rápido. Ya llevamos una buena velocidad. Lo importante es hacerlo en la dirección correcta, y eso ninguna tecnología puede decidirlo por nosotros. Para eso tenemos nuestra propia brújula: el criterio.

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