Automatización y pensamiento humano

Tal vez la principal novedad que trae la revolución de la Inteligencia Artificial es que, por primera vez en la Historia, estamos usando la tecnología no para automatizar o sustituir el trabajo físico, sino el intelectual. Es una transformación sutil, puede que invisible, pero de consecuencias profundas para nuestra propia condición humana. ¿Estamos reflexionando lo suficiente sobre ello?

 

La tecnología, hasta ahora (en términos históricos), siempre tuvo un objetivo claro: liberar al ser humano del esfuerzo físico. La historia de la innovación en este campo es, en gran medida, la de máquinas que sustituyen brazos, multiplican fuerzas, o aceleran movimientos. Desde la rueda hasta la cadena de montaje, desde la máquina de vapor hasta los robots industriales, pasando por los artilugios del gran Arquímedes, el divino Leonardo, o el visionario Tesla, el progreso técnico ha estado ligado a la automatización del trabajo material.

Por eso se insiste en que algo fundamental está cambiando con esta revolución que estamos viviendo con la Inteligencia Artificial. Por primera vez, la tecnología no solo automatiza de forma masiva lo que hacemos con el cuerpo, sino también lo que hacemos con la mente. Y esa transformación es más profunda de lo que parece, porque alude precisamente a la esencia de lo que nos hace humanos.

El paso invisible

El problema, además, es que se trata de una transformación sutil. Invisible, digamos. Automatizar una tarea física es palpable. Una máquina ocupa el lugar de un trabajador. El cambio es tangible (y sí, de eso también traerá esta revolución de la IA).

Pero la automatización de procesos cognitivos…, es algo más vaporoso. En este proceso no hay una máquina específica que sustituya explícitamente al pensamiento humano. Lo que hay son herramientas que lo rodean, lo asisten, lo simplifican, hasta que, en algunos casos, lo reemplazan sin que lo notemos apenas.

Para la mayoría de nosotros, todo ha empezado por cosas cotidianas, sencillas. Escribir un texto, resumir un documento, traducir un idioma, responder un correo, generar una idea inicial, o un borrador, proponernos una película atendiendo a nuestros gustos… Son tareas que forman parte de la ‘carpintería diaria’ de nuestros trabajos, o nuestra cotidianidad. Faenas más o menos tediosas que celebramos quitarnos de encima para, incluso (otra ventaja), hacernos más productivos.

Hoy una IA las puede ejecutar en segundos, y no nos parece que estemos sufriendo una gran pérdida intelectual. Pero cuidado… ¿es así? Estos quehaceres requerían una cierta atención, al menos un poco de esfuerzo intelectual, y tiempo. ¿No deberíamos pensarlo un poco antes de abrazar este nuevo paradigma? Mi opinión es que aún estamos a tiempo de reflexionar sobre esto, y me preocupa que las voces que intentan hacerlo no son casi escuchadas, ni tenidas en cuenta apropiadamente. Y el tiempo pasa, y cuanto más ‘natural’ se vuelve ese proceso, más fácil es olvidar que algo esencial está cambiando.

Cuando pensar deja de ser necesario

¿Qué ocurre cuando tareas intelectuales se vuelven automáticas? En apariencia, ganamos eficiencia. Hacemos más en menos tiempo, reducimos el esfuerzo, eliminamos fricciones. Pero la eficiencia no es un valor neutro. Muchas de las capacidades humanas se desarrollan precisamente en la fricción, y pensar no es solo producir resultados, sino un proceso a través del cual se forman el criterio, la comprensión, y la profundidad. Y si externalizamos sistemáticamente ese proceso, corremos el riesgo de debilitarlas. No porque la tecnología nos “quite” habilidades, sino porque dejamos de ejercitarlas.

La historia ofrece, como siempre, ejemplos interesantes. Cuando se generalizó la escritura, hubo quienes temieron que la memoria humana se debilitaría, pues ya no necesitaríamos recordar tanto como antes. (y en cierto sentido ocurrió, dicen algunos estudios). O cuando se extendió el uso de las calculadoras. Hoy por hoy, ¿quién hace sumas o restas ‘largas’, o divisiones, o multiplicaciones…? O cuando llegaron las pantallas y los chips a nuestros teléfonos. ¿Quién recuerda ya los números de sus parientes, amigos o colegas? ¿Quién los tiene, siquiera, apuntados en una libreta ‘física’ para si falla un día el móvil?

Somos así. Cuando una tarea se automatiza, deja de ser diferencial. De siempre, cuando todos tenemos acceso a una herramienta, lo que antes era una habilidad valiosa, se convierte en algo común. Pero lo que estamos viviendo con esta revolución tecnológica es distinto en escala y naturaleza. No estamos externalizando unas funciones concretas. Ahora estamos empezando a externalizar partes del pensamiento mismo.

El desplazamiento del valor

Si cualquiera puede generar un texto correcto, ¿qué valor tendrá escribir bien? Si todos podemos obtener una explicación clara sobre cualquier tema en cuestión de segundos, ¿qué valor tiene comprender? Si se pueden producir ideas plausibles con solo decirle a una máquina que las genere, ¿qué valor tendrá pensar?

¿Qué ocurrirá en este proceso con las habilidades intelectuales? Siendo la Inteligencia Artificial, como pienso que es, una revolución imparable, ¿estamos reflexionando lo suficiente sobre algo tan importante para nosotros mismos?

Personalmente, no soy de los pesimistas. Pienso que, si lo hacemos bien, existe un escenario en el que la tendencia intelectual que nos traerá la aparición y popularización de la IA, pueda ser, en lugar de una pérdida de facultades, un cambio de nivel. En este marco, lo que perdería valor es la ejecución básica, pero puede ganar valor la profundidad.

Las nuevas competencias humanas

En un entorno donde muchas tareas cognitivas son automatizables, pueden emerger con más fuerza otras capacidades. Por ejemplo, el criterio. El saber evaluar las ideas que se producen; distinguir lo relevante de lo irrelevante, lo correcto de lo dudoso, lo superficial de lo significativo. La IA puede generar respuestas, pero no puede decidir por nosotros qué merece ser tomado en serio.

También, podemos reforzar nuestra capacidad para formular preguntas, un parámetro importante por el que se mide la inteligencia humana real. Las herramientas de la IA responden, pero la calidad de sus respuestas dependerá de la calidad de nuestras preguntas. Saber qué preguntar, cómo enfocar un problema, qué ángulo explorar, se convertiría así en una habilidad central.

Otra capacidad que podemos reforzar es la integración del conocimiento. Buscar y reunir información es importante, pero esta no basta por sí misma. La información solo será realmente útil si sabemos interpretarla, contextualizarla, conectarla. Construir una visión coherente de un asunto, a partir de ella. Y eso sigue siendo algo profundamente humano.

Por otro lado, delegar en la IA no eliminaría nuestra responsabilidad intelectual. Este es otro factor que podríamos potenciar. Utilizaremos herramientas que producen contenidos, pero debemos seguir siendo responsables de lo que hacemos con ellos. Cómo los usamos e interpretamos, qué decisiones tomamos a partir de ellos. Después de todo, solo así podremos seguir considerando esos contenidos como nuestros.

Y, quizá por encima de todo, tal vez podríamos retomar un lujo que se ha perdido últimamente: la capacidad de pensar despacio. O, al menos, de poder tomarnos el tiempo que necesitemos para evaluar y meditar un problema, una situación. En un entorno que premia la inmediatez, hoy esto se ha convertido en un acto casi contracultural. Pero es en esa ‘lentitud’ donde se construye la comprensión real, y donde somos capaces de evaluar los matices, y limpiar nuestro razonamiento de sesgos y prejuicios.

Una nueva relación con la tecnología

La automatización cognitiva tiene el riesgo de producir una ilusión de competencia. Si podemos generar textos, ideas o análisis con facilidad, podemos empezar a creer que dominamos aquello que, en realidad, solo estamos reproduciendo. Es lo que tienen las buenas herramientas, la diferencia entre usar una, y depender de ella, es sutil, pero crucial. Usar una herramienta como la IA amplía nuestras capacidades, pero depender de ella, las sustituye.

Y si, como ya hemos visto, esa sustitución es ‘invisible’, sutil, el empobrecimiento también lo es.

No estoy argumentando que debamos rechazar la automatización. Al contrario (además de que sería absurdo). Pero sí creo que debemos reflexionar y redefinir nuestra relación con ella. Debemos entender que no todo lo que puede automatizarse, debe delegarse sin más. Que hay procesos cuyo valor para nosotros, como humanos, no está solo en el resultado, sino en el propio acto de realizarlos. Y pensar es, qué duda cabe, el más importante de ellos.

Todo este tema, además, nos lleva a una última reflexión. Quizá en el futuro muchas tareas intelectuales básicas sean completamente automáticas, y eso liberará tiempo, energía, y recursos. ¿Qué haremos con ellos? Si los utilizamos para profundizar, para comprender mejor, para pensar con más rigor, la automatización habrá sido una extensión de nuestra inteligencia. Si, por el contrario, los utilizamos para evitar el esfuerzo de pensar, habrá sido su sustitución.

Y en ese punto, el problema ya no será qué puede hacer la tecnología. Sino qué estamos dejando de hacer nosotros.

Esta web utiliza cookies técnicas, de personalización y análisis, propias y de terceros, para facilitarle la navegación de forma anónima y analizar estadísticas del uso de la web. Consideramos que si continúa navegando, acepta su uso. Más información