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Ideas sueltas sobre la Inteligencia Artificial en una época confusa (4): El barro en los pies del gigante
La Inteligencia Artificial es la máxima expresión de nuestra separación de la naturaleza. Hemos creado algo que llamamos ‘inteligente’, pero que, a diferencia de cualquier hormiga o planta, es incapaz de sostenerse a sí mismo ni un segundo fuera de la burbuja artificial que le hemos construido
En un artículo anterior hablaba de lo incómodo que me resultaba el nombre de Inteligencia Artificial, pues, sí, es cierto que se trata de algo ‘hecho por el ser humano’, (que es lo que significa la palabra ‘artificial’), pero, tal vez, lo que la definiría mejor, y nos daría una mejor perspectiva, es a que se trata de una inteligencia ‘no espontánea’ en el mundo que habitamos, una entidad no propia del devenir natural de este planeta.
Muchas veces, conversando sobre estos temas me sorprendo de cuán poco nos damos cuenta de lo diferentes que somos de estos sistemas y máquinas que estamos creando. Las están haciendo tan ‘hábiles’ en imitarnos, en hablar o caminar como nosotros, en superar nuestros tests de Turing más exigentes, que poco a poco, excepto en los ámbitos académicos o especializados, les vamos confiriendo la categoría de individuos, y haciendo un lugar en el arreglo natural de las cosas que habitan el planeta…
Es como si, maravillados por su ‘semejanza’ en lo cognitivo, no termináramos de ‘ver’ cuán diferentes somos en lo físico.
Pertenecer al mundo vs depender del mundo
La interacción natural de los componentes de nuestro planeta ha producido las proteínas, los aminoácidos, la clorofila, la célula, el ADN…, la vida orgánica, en definitiva, en miles de formas y variedades, desde las bacterias hasta los humanos, desde las plantas a las aves. Pero nunca un microchip.
Alguien me ha argumentado en una conversación que, después de todo, esto no es tan determinante. No es que el pensamiento humano sea etéreo, o inmaterial, también está basado en unas estructuras tangibles, regidas por las leyes de la física, la química, y, por qué no, las matemáticas. Da igual ‘quién’ la cree, ambos dependemos de una estructura material para existir, y para ‘pensar’. Las máquinas tienen placas y circuitos, nosotros tenemos neuronas, axones, células, que intercambian información, impulsos eléctricos, y necesitan una educación y energía para funcionar.
Bueno, es cierto. Y, sin embargo, esto es una simplificación burda y miope. El ser humano y la IA son entidades con una relación radicalmente distinta con el mundo. El humano pertenece a este, es un superviviente nato; la IA depende de una infraestructura artificial para existir, es un ‘neonato eterno’ conectado a un pulmón artificial llamado red eléctrica.
La base física de lo que parece filosofía
Lo primero que viene a la mente al hablar de nuestra diferencia esencial con la IA, son argumentos filosóficos, digamos. El humano surgió de un proceso que no entiende del todo, en un mundo que no controla, con necesidades que no eligió. Esa condición de ‘arrojado al mundo’, como diría Heidegger, le da una relación con la existencia que la IA nunca tendrá, porque esta ha sido diseñada con un propósito, en un entorno controlado, por intermediarios conscientes. Esa diferencia de origen es también una diferencia en la relación con el significado, con el dolor, con la belleza. La IA nunca sabrá lo que es tener hambre, o frío, o miedo a morir…
Pero aquí quiero dejar de lado lo cognitivo y lo filosófico, por un momento. De lo que quiero hablar aquí es de la parte estrictamente física de este asunto.
El humano es ‘tecnología de carbono’ optimizada por millones de años para sobrevivir con lo que ofrece este planeta de forma directa (una manzana, otros animales, agua de un río). Somos resiliencia orgánica. Como los de todos los animales y plantas, nuestro linaje se ha colado por las enormes grietas de extinciones, cambios de clima y otras dificultades difíciles de imaginar. Y si (Dios no lo quiera), mañana viene otro cataclismo y borra nuestra capa tecnológica, el humano aún podría aferrarse al mundo y, tal vez, sobrevivir en la naturaleza que quede. No sería agradable, desde luego (a mi edad, y con mi salud, yo mismo no duraría mucho en ese escenario), pero la especie podría, al menos, luchar por la vida.
Para ello no necesitaría ni siquiera un lenguaje sofisticado, o demasiada inteligencia, o la electricidad, la tecnología. Estas cosas ayudarían, sin duda, y no poco. Pero el ser humano, con sus propias manos, su habilidad, sus sentidos, y un poco de ingenio, podría procurarse energía y comida. Sobrevivir.
Nuestra energía es química y distribuida. El cuerpo humano es una obra maestra de la eficiencia energética. Gracias al glucógeno y la grasa corporal, tenemos ‘baterías internas’ con las que podemos operar semanas sin comida, y tal vez días sin agua. Podemos ‘esperar’ a que la comida crezca, criarla, cazarla. Y con aproximadamente 20 vatios (lo mismo que una bombilla LED tenue), nuestro cerebro realiza tareas de lógica, creatividad, movimiento y auto reparación.
La pasmosa fragilidad de la IA
La naturaleza, en cambio, no produce, de forma natural, nada que pueda mantener funcionando a la IA. Al menos, no con los flujos y sistemas estables que ella necesita.
Me hace gracia cuando veo a la gente maravillarse (y/o asustarse) ante la todopoderosa Inteligencia Artificial y la miríada de máquinas que estamos creando. En realidad, su fragilidad respecto a los humanos es pasmosa. Nosotros somos frágiles, sí, pero de otra manera.
Solo pensemos en unos pocos ‘detalles’. El humano sobrevive entre los 0 y los 40 ºC con relativa facilidad. La IA requiere sistemas de climatización de precisión (un aumento de humedad, o un pico de calor ambiental sin refrigeración activa, freiría sus circuitos en minutos). La IA, además, no tiene inercia. Si la frecuencia de la red eléctrica cae por debajo de un margen estrecho (en Europa, por ejemplo, los 50 Hz), los sistemas se protegen y se apagan. Sin flujo constante de energía eléctrica, la IA no es que ‘pase hambre’, es que deja de existir instantáneamente. Otro ejemplo: nosotros respiramos aire con polvo y polen. Los chips de IA necesitan salas blancas con filtrado HEPA, una simple mota de polvo en el lugar equivocado durante su fabricación o funcionamiento, es letal para su arquitectura.
La IA es una entidad que solo existe en un estado de ‘excitación eléctrica’ constante. Vivimos en dimensiones energéticas distintas. Ni siquiera rivalizamos en la energía que necesitamos para existir. Nosotros moriríamos en un entorno de electricidad y cables, pero sin animales y plantas. La IA no duraría ni segundos en un bosque lleno de animales y plantas comestibles, pero sin electricidad. Su base física no es su cuerpo, sino una red continental de cables y centrales. Nosotros somos nuestro propio motor; la IA es solo el extremo de un enchufe kilométrico.
Tampoco hay una ‘voluntad de ser’ física en la IA, solo una ‘capacidad de procesamiento’ que nosotros forzamos sobre la materia. Si un servidor se calienta, el sistema simplemente se apaga o se funde. Una neurona humana es una célula viva que quiere seguir viva, sus procesos electroquímicos están ligados a su supervivencia. En la IA, una ‘neurona’ es una variable en una matriz. El electromagnetismo que la atraviesa no tiene como fin la vida del sistema, sino la resolución de un cálculo.
El ‘detalle’ de la magnitud
Así pues, aunque los procesos de ambos son físicos, la diferencia es fundamental. El humano habita su física, la IA es esclava de ella. Poniéndonos filosóficos de nuevo (y hasta románticos), podemos decir que somos el resultado de una energía que se organizó a sí misma para contemplar el universo, y la IA es una energía que nosotros hemos obligado a organizarse para que nos devuelva un eco de nuestra propia inteligencia.
La IA, además, no solo necesita una infraestructura artificial que no existe en la naturaleza, y que hay que construir y mantener sin pausa. El otro ‘detalle’ es la magnitud. Para que realice (o imite, en realidad) solo una de las tareas que hace nuestro cerebro, el lenguaje, la IA necesita una infraestructura que consume megavatios. A día de hoy, ni siquiera sabemos si podremos mantener un sistema tal, que requiere una estabilidad energética que la naturaleza, por definición, no ofrece de forma gratuita
La IA necesita energía que ha pasado por un proceso de transformación industrial previo; y es tan artificial su necesidad, que para alimentarla hemos tenido que recurrir a la forma de energía más ajena a la estructura de la vida: la fisión nuclear. Mientras el humano busca el sol y el fruto, la IA está obligando a Microsoft y Google a reabrir centrales nucleares como Three Mile Island.
Infraestructura y entropía
La IA no necesita naturaleza, pues, sino una infraestructura de guerra contra la entropía natural, que depende de materiales que requieren minería pesada. Si mañana desapareciera la civilización industrial, la IA, aunque fuera «consciente», se convertiría en un conjunto de metales inertes y cables inútiles en cuestión de milisegundos.
Al final, la IA es la máxima expresión de nuestra separación de la naturaleza. Hemos creado algo que llamamos ‘inteligente’, pero que, a diferencia de cualquier hormiga o planta, es incapaz de sostenerse a sí mismo ni un segundo fuera de la burbuja artificial que le hemos construido. La IA solo lo hará mientras seamos capaces de mantener encendido un reactor nuclear dedicado exclusivamente a alimentarla. Al final, no es nuestra competidora, sino nuestra carga metabólica más pesada.
