Trilogía emocional de la IA (2): el miedo (o la proyección de lo humano en la máquina)

Junto al entusiasmo, el miedo es la otra gran pasión que despierta la IA. Y sí, tiene herramientas poderosas, y tendrá impactos potentes y reales, pero no es una entidad que quiera competir con nosotros en el plano humano, o que quiera sustituirnos. El riesgo real es que terminemos utilizándola para lo que no deberíamos.

 

Situados frente al largo lienzo de la Historia que propuse imaginar en el artículo anterior, a medida que desenrollamos día a día el extremo de la época que nos toca, vemos cómo va apareciendo esta enorme mancha de color que anuncia el nacimiento y desarrollo de la Inteligencia Artificial. Y si el entusiasmo es una de las primeras sensaciones que viene al ánimo de muchos, el miedo es otra.

No es una reacción marginal. Está presente en las conversaciones cotidianas y los medios de comunicación, en las redes sociales y los debates académicos. Poco a poco, se ha instalado con fuerza entre nosotros la idea de que la Inteligencia Artificial podría llegar a superarnos o sustituirnos, incluso a desplazarnos de este lugar en lo alto de la cadena evolutiva que tantos siglos nos ha costado conquistar en este mundo.

Es un miedo (¿o tal vez deberíamos llamarlo aprensión?) que tiene múltiples formas. La más extendida es el miedo de millones de personas a perder el trabajo; pero también nos preocupa la pérdida de relevancia en la sociedad, o que las decisiones importantes queden en manos de sistemas que no comprendemos… En su versión más extrema, nos asalta el temor a que la Inteligencia Artificial llegue a ser algo parecido a nosotros… o más que nosotros.

¿Estamos creando, irresponsablemente, a un ser mucho más inteligente y poderoso que los humanos? Y si esto es posible, como dicen muchos estudiosos y gurús, ¿qué pasará entonces? Aquí entran los apocalípticos: ¿estamos creando Skynet?, ¿podrán las máquinas decidir algún día que ya no nos necesitan, o que sólo somos un incordio ineficiente, y tratarnos como nosotros tratamos a nuestros competidores más débiles (es decir, fatal)?

Una premisa común

Bueno, como ocurre con el entusiasmo, este sentimiento también merece ser examinado. Y lo primero que salta a la vista es que este temor, en su esencia, se basa en la misma premisa que el entusiasmo: asumir que la Inteligencia Artificial es una forma de inteligencia comparable a la humana. Algo que entiende, que decide, que actúa con intención. Y no lo es. Esa no es la realidad de los sistemas actuales

Es un sentimiento, pues, que no se dirige a lo que la Inteligencia Artificial es, sino a lo que imaginamos que es. La IA no tiene conciencia, ni voluntad, ni objetivos propios. No “quiere” hacer nada, no tiene una relación con el mundo más allá de los datos con que ha sido entrenada, ni comprende el significado de lo que produce. A día de hoy, las máquinas no piensan, sólo simulan que piensan.

El verdadero riesgo para nosotros, como humanos, no es que la máquina nos sustituya en tanto que sujetos, sino que nosotros mismos dejemos de ejercer ciertas capacidades porque las máquinas pueden simularlas. Que desarrollemos con ellas una dependencia que nos debilite.

Esta es la forma real en que, al final, nos podrían sustituir. Si dejamos de pensar porque podemos obtener respuestas inmediatas, si dejamos de analizar porque algo (a quien consideramos alguien), lo hace por nosotros; si dejamos de cuestionar los resultados porque parecen convincentes… Entonces el cambio que tememos no vendrá impuesto desde fuera por la IA. Vendrá desde dentro, desde nuestras propias dinámicas humanas.

¿Cómo usaremos las máquinas?

El desarrollo irresponsable de la Inteligencia Artificial tiene riesgos reales, desde luego, y son importantes. Son máquinas, al fin y al cabo, y, por ejemplo, pueden tomar decisiones automatizadas mal comprendidas, que pueden tener un impacto económico en las empresas. La IA puede, efectivamente, transformar las formas y los contenidos de nuestros trabajos, o nuestras sociedades, en direcciones que no somos plenamente capaces de predecir…

Pero esos riesgos no tienen que ver con una “voluntad” de las máquinas. A día de hoy, las hemos hecho capaces de funcionar a unas velocidades que nos sorprenden, las hemos dotado de una extraordinaria capacidad de cómputo, que hemos alimentado con enormes (y muchas veces, irresponsables) cantidades de datos, y hemos pasado años refinando los algoritmos de sus ‘respuestas’ y sus interfaces de comunicación con nosotros, para que nos parezca que han comprendido lo que les preguntábamos.

Pero nada mas. Son máquinas. Los verdaderos peligros tienen que ver con cómo la utilizamos. Ya ha pasado con la energía nuclear, por ejemplo, uno de los avances puramente científicos más importantes de toda la Historia de la Humanidad, que nos permitiría no tener más nunca el problema de la energía pendulando sobre nuestras cabezas. La primera aplicación práctica que le encontramos, sin embargo, fueron las bombas más terribles que se han producido jamás, y cada año se dedican a su desarrollo militar unos presupuestos y recursos infinitamente superiores a las migajas que se destinan a sus aplicaciones civiles. Y así nos va…

Conocer, siempre conocer

De modo que, al nivel de la mayoría de nosotros (empresarios, trabajadores, ciudadanos…) todas estas emociones, el entusiasmo, el miedo, tienen en su raíz la misma causa: no conocemos realmente lo que es la Inteligencia Artificial, lo que se nos está vendiendo, y no nos detenemos a reflexionar sobre este tema con la suficiente profundidad, como sociedad.

Sé que, como casi siempre en la historia, como ciudadanos hacemos lo que podemos. No tenemos el tiempo necesario. Vivimos en sociedades rápidas, competitivas y, si nos descuidamos, despiadadas. La información nos inunda y se convierte en ruido a nuestro alrededor. El desarrollo tecnológico se ha súper especializado, y se ha concentrado en unas pocas manos. El propio lenguaje de la tecnología hoy es tan específico que requiere un esfuerzo real para llegar a entender siquiera los conceptos que se manejan…

Pero es que debemos hacer el esfuerzo. El miedo, cuando se basa en proyecciones erróneas, puede ser paralizante. Incluso, puede convertirse en algo irracional. Mas, si se basa en la comprensión, puede ser útil, pues se convierte en prudencia. Y, con esa perspectiva, podríamos ver que, tal vez, en esta gran explosión de color que está apareciendo en nuestro lienzo de la Historia, no estamos ante una “amenaza” en el sentido fuerte del término.

Ni premura, ni parálisis

La IA tiene herramientas poderosas, sí, y tendrá impactos potentes y reales, por supuesto. Pero no es una entidad que quiera competir con nosotros en el plano humano, o que quiera sustituirnos. El riesgo es que terminemos utilizándola para lo que no deberíamos, y que dejemos de hacer ciertas cosas porque la IA puede hacerlas, o simular que las hace. Que deleguemos en ella lo que nos hace humanos: pensar y tener criterios.

Debemos meter las manos en el lienzo, embarrarnos en sus colores, e intervenir en la forma en que esta revolución tecnológica que es la IA, termina agregándose a nuestras vidas, a nuestra época. Las pinturas del pasado ya están secas, pero estas aún están frescas y podemos ‘jugar’ con ellas. Solo que debemos hacerlo con conocimiento de lo que hacemos, y, desde luego, sin las emociones infundadas que primero nos vienen a la cabeza. Sin la premura del entusiasmo, o la parálisis del miedo.

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