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Trilogía emocional de la IA (1): el entusiasmo (o la seducción de la Inteligencia Artificial incomprendida)
Sí, la IA funciona, impresiona, y transforma, pero no es lo que parece, o lo que, en muchos casos, nos están vendiendo. Comprender esto no debe disminuir el entusiasmo que nos provoca, más bien…, lo afinaría y colocaría en su justa perspectiva.
Alejémonos por un momento y miremos la Historia como un largo lienzo que vamos desenrollando, y en el que se suceden y solapan los colores que separan las épocas, los brochazos que marcan el surgimiento y caída de civilizaciones e imperios, enlazando las migraciones y genealogías de los pueblos, las guerras y acontecimientos que salpican el trasfondo de evolución social, cultural o científica… Si nos fijamos, aquí y allá podríamos notar en este lienzo algunos momentos en los que la tecnología, esa gran herramienta con la que intentamos sobreponernos a nuestras limitaciones físicas en este mundo, no solo ha transformado lo que hacemos en él, sino también cómo lo percibimos.
Y la revolución que promete en estos momentos la Inteligencia Artificial, que aún aparece apenas casi al borde por el que estamos desenrollando nuestra época, es uno de ellos. Desde hace varias décadas vivimos un momento de fascinación tecnológica, pero la IA no anuncia únicamente el surgimiento de una herramienta más potente o más eficiente. Hay algo diferente en la forma en que aparece ante nosotros.
No solo ejecuta tareas. Escribe, responde, argumenta, dialoga. Produce lenguaje con una fluidez que, durante siglos, hemos considerado inseparable del pensamiento, de modo que no es extraño que, tras el asombro, el entusiasmo sea nuestra primera reacción ante estos sistemas que contestan cualquier pregunta, generan ideas, traducen, resumen, hacen en segundos lo que hasta hace poco requería tiempo, esfuerzo y conocimiento. Y que, además, lo hacen con una fluidez difícil de ignorar…
El ser humano siempre ha sentido la fascinación de la máquina que imita la vida, está dentro de nosotros. Pero hay que admitir que hay algo casi hipnótico en ver cómo estos sistemas de IA producen lenguaje coherente, articulan argumentos y parecen entender lo que se les pide. Durante siglos, hemos asociado esa capacidad con la inteligencia, y ahora, al verla reproducida en estos sistemas, nos rendimos y empezamos a aceptar que, después de todo… piensan.
Una ilusión bien construida
Pero esa fascinación merece ser observada con atención, porque, en realidad, no surge de lo que la tecnología hace, sino de lo que creemos que hace. El entusiasmo por la Inteligencia Artificial se basa, en gran medida, en una ilusión bien construida: la de que estamos ante una forma de comprensión.
Sin embargo, los sistemas actuales no entienden en el sentido humano del término. No tienen intención, ni experiencia, ni relación con el significado. No saben lo que dicen. Generan respuestas plausibles a partir de patrones aprendidos en grandes cantidades de textos y datos.
Lo verdaderamente sorprendentemente es que esto es suficiente para producir textos convincentes, sostener conversaciones o simular coherencia. ¿Qué nos dice esto sobre nuestra propia inteligencia? Tal es la cuestión sobre la que realmente deberíamos reflexionar, porque, indudablemente, la fluidez, por sí misma, no debería bastarnos para afirmar que estamos ante una comprensión de los temas tratados.
La diferencia es crucial. Cuando confundimos producción con comprensión, empezamos a atribuir a la tecnología capacidades que no posee, y el entusiasmo, en ese punto, deja de ser una reacción razonable para convertirse en una forma de proyección, es decir, en una ilusión.
Capacidades reales
Esto no significa que la Inteligencia Artificial no sea valiosa. Lo es, y sí, muchas de sus aplicaciones y posibilidades realmente entusiasman. Su capacidad para amplificar tareas cognitivas es real y transformadora. En muchos ámbitos sus resultados son tangibles y, en algunos casos, extraordinarios.
En medicina, se abren caminos para el desarrollo de sistemas capaces de identificar patrones en imágenes clínicas con una precisión creciente, para la identificación temprana de enfermedades, o para los tratamientos personalizados, o el descubrimiento de fármacos mediante la simulación de moléculas. Se reducen drásticamente los tiempos de investigación, y el análisis de ingentes cantidades de datos clínicos permite la detección de patrones en historiales médicos que antes escapaban ante nuestra vista…
En Biología, la IA ha permitido desarrollar en días modelos para abordar problemas, como la predicción de estructuras complejas en el plegamiento de proteínas, o la identificación de genes relevantes para la edición genética, que durante décadas se resistieron a los métodos tradicionales. El análisis masivo de datos biológicos ha permitido el descubrimiento de correlaciones invisibles entre miles de parámetros en la investigación biomédica.
En la física de partículas, las matemáticas, la Astronomía, el análisis de grandes volúmenes de datos ha permitido avanzar en el desarrollo y experimentación de caminos que antes eran impensables incluso a medio plazo. En el ámbito de las empresas, tareas que antes requerían tiempo, esfuerzo y especialización, ahora resueltas en cuestión de minutos. En la educación. En la agricultura, con el desarrollo de una agricultura de precisión, la predicción climática avanzada, la planificación de cultivos, la detección de plagas…
¿Cómo no nos vamos a entusiasmar? La tecnología funciona, y funciona bien. Y precisamente por eso requiere que entendamos qué está ocurriendo realmente en esta nueva revolución de la IA.
El engaño de la reproducción fiel del lenguaje
La fascinación puede ser un buen punto de partida, mas no es un buen lugar para quedarse, pues en la IA hay un punto en el que la eficacia técnica se transforma en percepción de inteligencia; en el que dejamos de ver un sistema que produce resultados, y empezamos a intuir una forma de comprensión.
Es un desplazamiento casi inevitable en nuestra percepción. Estamos acostumbrados a interpretar el lenguaje como expresión de una mente, y no analizamos cada frase para verificar si hay comprensión detrás de ella. Simplemente, la damos por supuesta. Es una economía cognitiva necesaria para vivir en un mundo con otros seres humanos. Y la Inteligencia Artificial se beneficia, digamos, de ese mecanismo.
La han construido para hablar (o parecer que habla) en nuestros términos. Y nosotros respondemos como siempre hemos respondido: atribuyéndole significado, intención, inteligencia. No abogo aquí por abandonar el entusiasmo por la IA, solo apunto que esa atribución merece ser revisada. Que debemos comprender que los sistemas actuales no comprenden en el sentido humano del término. No tienen experiencia, ni conciencia, ni relación con el significado de lo que producen. No saben que están describiendo una enfermedad, ni que están formulando un argumento de física o estrategia empresarial, ni que están respondiendo a una pregunta.
Solo generan lenguaje a partir de patrones. Y, sin embargo, ese ‘solo’ nos engaña porque esos patrones han sido extraídos de cantidades inmensas de texto humano. De millones de ejemplos donde el lenguaje sí estaba ligado a comprensión, intención y experiencia. La Inteligencia Artificial no accede a ese mundo, pero reproduce sus huellas con una fidelidad sorprendente, y nos genera la impresión de que hay alguien al otro lado.
Lo que significa comprender
Si el entusiasmo nace ahí, en ese punto ambiguo donde la capacidad técnica roza la apariencia de inteligencia, donde lo que vemos no es el resultado de la comprensión, sino una simulación convincente, estamos cometiendo un error estructural. Si equivocamos producir lenguaje con entenderlo, la coherencia con el conocimiento, la respuesta con el pensamiento, entonces sí que la IA nos sustituirá a todos, algún día, porque habremos confundido lo que nos hace realmente humanos.
Comprender supone una relación con el mundo. Implica experiencia, contexto, capacidad de situar lo que se dice en una red de significados vividos, un plano al que la Inteligencia Artificial no tiene acceso.
Esto no la hace irrelevante. Precisamente porque no comprende, pero produce resultados útiles, su impacto es tan potente. Puede amplificar capacidades humanas sin participar de ellas, e intervenir en procesos complejos sin necesidad de entenderlos. Es una súper-herramienta, un súper-poder que estamos creando.
Atemperar los ánimos
Solo que, para que ese potencial se traduzca en un uso realmente inteligente, el entusiasmo necesita ser… afinado, digamos. La fascinación es una reacción legítima ante una tecnología tan poderosa. Solo digo que atemperemos los ánimos, pues se puede tornar en problemática cuando sustituye a la comprensión y dejamos de preguntarnos qué está ocurriendo realmente, porque lo que vemos en la superficie ya nos resulta suficientemente convincente.
La aventura de la tecnología, esos puntos de colores que vemos en nuestro lienzo de la Historia, está llena de momentos de entusiasmo. Algunos fueron justificados, otros, no tanto. Mas, al final, el valor de los cambios que provocaban no residía en la intensidad de la reacción, sino en que se entendía aquello que la provocaba. Y la Inteligencia Artificial, este gran manchurrón de colorido que estamos ahora desenrollando y aún no podemos ver del todo a dónde nos llevará, no es una excepción.
Sí, funciona, impresiona, y transforma, pero no es lo que parece, o lo que, en muchos casos, nos están vendiendo. Comprender esto no debe disminuir el entusiasmo que nos provoca. Después de todo, no es la única emoción que nos provoca la IA. En los últimos tiempos, también está creciendo el miedo…
