Los datos, el tesoro que la agricultura almeriense produce cada día

Almería produce cada día una cantidad enorme de datos que, en su mayoría, no se están aprovechando sistemáticamente. Sensores de clima y humedad, registros de producción, consumo de agua, historiales de plagas, datos logísticos y de exportación… El conjunto de estos datos, generados durante años y campañas por todo un sistema productivo agrícola de referencia en Europa, y el mundo, es un tesoro, y la estructura cooperativa del sector es exactamente el modelo adecuado para gestionar datos de forma colectiva y soberana. Otros sectores no tienen esa ventaja. Pero… ¿quién es el dueño de esos datos?

 

En un artículo anterior hablé sobre la llegada (inevitable, e ineludible) de la ‘revolución’ que está teniendo lugar en el ámbito de las nuevas tecnologías, y, sobre todo, la Inteligencia Artificial, al campo almeriense. Es este un ecosistema que lleva décadas absorbiendo avances tecnológicos, y ya atesora en su seno una experiencia que, sin duda, lo ayudará a recibir con criterio las nuevas aportaciones.

Pero pienso que se debe incidir en un tema crucial: la aportación disruptiva más inmediata y real que puede brindar el desarrollo de la IA en el campo almeriense no es la robótica ni la automatización (aspectos cruciales, desde luego, pero en los que ya hay una tracción y una cultura creada en Almería), sino algo más invisible y más valioso: los datos.

El ‘petróleo’ que se genera cada día

Almería cuenta con aproximadamente 33.000 hectáreas de superficie física bajo plástico. Como muchas explotaciones realizan dos ciclos de cultivo, la superficie total cultivada asciende a 62.743 hectáreas. El área bajo invernadero dedicada a la producción ecológica está en torno a las 4.400 hectáreas (casi el 80% del total andaluz en esta modalidad). La producción hortofrutícola anual supera los 4 millones de toneladas, y en la campaña 2024/25 ya superó la barrera de los 4.000 millones de euros en valor exportado, sobre todo a los mercados de Alemania, Francia, Reino Unido y Países Bajos.

No me extenderé en más cifras. El sector las conoce. Lo importante, en mi opinión, es el hecho de que Almería produce cada día una cantidad enorme de datos que, en su mayoría, no se están aprovechando sistemáticamente.

Sensores de clima y humedad, registros de producción, consumo de agua, historiales de plagas, datos logísticos y de exportación… El conjunto de estos datos, generados durante años y campañas por todo un sistema productivo agrícola de referencia en Europa, y el mundo, es nuestro petróleo en la actualidad, y en el futuro. Y la estructura cooperativa del sector, que ha sido su fortaleza histórica, es exactamente el modelo adecuado para gestionar datos de forma colectiva y soberana. Otros sectores no tienen esa ventaja.

Pero la mayoría de ese material se acumula en sistemas dispersos, o directamente se pierde. Es petróleo que nadie refina todavía.

Un valor que se incrementa con el tiempo

Si lo pensamos, incluso el símil del petróleo no es muy bueno. Este se agota, pero los datos se acumulan y se vuelven más valiosos con el tiempo. Un historial de varios años de datos de una finca, o de la evolución de un determinado mercado, tiene un valor predictivo que el dato de hoy solo no tiene. Además, a diferencia del petróleo, los datos pueden compartirse y cruzarse entre explotaciones sin que nadie los pierda, lo que abre la puerta a modelos colaborativos propios del sector cooperativo almeriense.

Esta riqueza de información permite, más que un cambio de mentalidad, una ampliación de la visión panorámica con la que el sector, desde los agricultores hasta la empresa, puede plantear sus estrategias y proyectos. Almería está dejando de ser simplemente la ‘huerta de Europa’ para convertirse en el laboratorio tecnológico del continente, pero esta tendencia, lejos de sustituir al agricultor, lo irá transformando, y proveyendo de mejores herramientas para garantizar que el modelo sea resiliente frente al cambio climático y las fluctuaciones del mercado.

La posibilidad de recoger, analizar y cruzar mayores cantidades de datos brinda a todos los actores del sector la posibilidad de detectar y prever tendencias, detalles y facetas de su trabajo, que antes quedaban enterradas en el seno de las tablas y gráficos. Pero luego no significan nada sin la capacidad de análisis y la práctica del agricultor, o del experto con muchos años a la espalda de experiencia personal en los mercados.

El ‘clúster’ almeriense

En Almería ya se están desarrollando proyectos en este ámbito. Poco a poco, se ha ido creando un ‘clúster’ tecnológico donde destacan empresas como Hispatec (un gigante del software agrícola que utiliza la IA para la analítica pos-cosecha, ayudando a cooperativas como Vicasol o CASI a predecir qué volumen de producción llegará al almacén con días de antelación), o Biorizon Biotech (recientemente Premios Andalucía TRADE 2025, que utiliza IA en su Cátedra de Agricultura Regenerativa 4.0 para desarrollar bioestimulantes a base de microalgas, sustituyendo químicos por soluciones biológicas inteligentes): o Hiotera (plataforma que se ha convertido en el cerebro de muchos invernaderos, optimizando la ventilación automática mediante el análisis de datos climáticos cruzados con IA), o IKOS Advanced (empresa almeriense que ha pasado de ser una startup local, a un referente internacional en la digitalización del campo).

Gracias a su cercanía al terreno y las plantaciones reales, estas iniciativas están reduciendo la barrera de entrada del agricultor a la tecnología. Hace unos años, solo las grandes fincas podían permitirse estos sistemas de análisis y herramientas. Hoy, con empresas como estas en la propia Almería, un agricultor con una hectárea y media puede gestionar su finca con la misma precisión que una multinacional.

Esto facilita, además, la formación técnica urgente que necesitan los trabajadores del sector. La tecnología no está eliminando puestos de trabajo, pero sí irá transformándolos. Y las cooperativas almerienses ya acumulan una cantidad de datos sobre cultivos protegidos que no tiene nadie más en el mundo. Ese ‘Big Data’ es un activo estratégico frente a competidores como Marruecos o Países Bajos, pero hay que saber manejarlo.

La competencia por mercados más exigentes

Además, en los mercados europeos la percepción del producto almeriense ha dado un salto cualitativo en 2026. Ya no se trata solo de ser ‘la huerta de Europa’ por volumen; la IA está permitiendo a Almería mejorar sus argumentos de marketing y fidelización ante los exigentes consumidores de Alemania, Francia y Reino Unido.

En 2026, los grandes retailers europeos (como Lidl, Aldi, Tesco o Carrefour) exigen pruebas de sostenibilidad real, transparencia total, y las cooperativas almerienses están ofreciendo una trazabilidad sin precedentes. Un consumidor en Berlín puede escanear un código QR en un pack de tomates, y ver no solo la finca de origen, sino un certificado digital que garantiza que ese fruto se cultivó optimizando cada gota de agua mediante algoritmos.

Además, la IA permite reducir el uso de fitosanitarios al mínimo técnico, y esto ayuda a Almería a cumplir las normativas europeas, posicionándola por delante de competidores de terceros países que no tienen este nivel de control tecnológico. Mientras otros países compiten solo en precio (bajando salarios o calidad), Almería compite en certidumbre. Un supermercado británico prefiere un proveedor que use IA porque sabe que, gracias a la predicción de cosechas, el suministro será estable y no habrá roturas de stock…

Pero… la pregunta que pocos están haciendo

La digitalización ha pasado, pues, de ser solo una herramienta de ahorro interno (el bolsillo del agricultor), a una de defensa comercial. Los análisis en las cuentas de resultados de los agricultores almerienses en 2026 también reflejan cómo la digitalización ya ha pasado a ser la vía para compensar el aumento imparable de los costes de producción.

Sin embargo, pienso que el sector debe ya plantearse una reflexión más general sobre el mundo de los datos y su gestión: ¿Quién es el dueño de esos datos? ¿Quién (o quiénes), se quedarán con todo ese ‘petróleo’ que genera una explotación agrícola, por ejemplo, cuando usa una plataforma de gestión externa?

En la realidad, y por su propia naturaleza, la Inteligencia Artificial no es más que una gran máquina especializada en la recolección y el análisis de ingentes cantidades de datos. Con ellos se alimenta y entrena, a través de ellos está ‘aprendiendo’ a ver el mundo y a manejarse en él, a hablar como nosotros e imitar nuestros comportamientos. Todos los aparatos y programas que van saliendo al mercado llevan, de alguna manera, incorporada la capacidad de recoger, gestionar, e, incluso, de comunicar los muchos datos que les son necesarios para sus cometidos cada vez más sofisticados.

Si el valor estratégico del futuro está en los datos acumulados, y ese valor lo capturan las plataformas tecnológicas (Google, Microsoft, Amazon…), y no las cooperativas, el sector habrá cedido su activo más importante sin darse cuenta.

Almería ha hecho durante décadas los deberes con la incorporación de las nuevas tecnologías en sus procesos productivos y de comercialización. Pero si quiere tener un futuro en la agricultura que viene, entonces tiene que tomar muy en serio el tema de los datos que produce. Y debe darse cuenta de que, tal vez, sea el momento de unir todas sus fuerzas, y comenzar a crear verdaderos mecanismos de custodia, control y análisis de ese ‘petróleo’ que produce cada día, cada campaña, y que cada vez se va haciendo más valioso. Es su verdadera fuerza, el elemento que le confiere un plus sobre sus competidores en un mercado cada vez más saturado e incierto.

Es un asunto de pensamiento estratégico. Si no se aborda con criterio, se corre el riesgo de adoptar tecnologías sin entender qué se está cediendo a cambio. El campo almeriense lleva décadas demostrando que sabe adaptarse. La pregunta ahora no es si la IA llegará, sino si, cuando llegue del todo, los datos serán suyos… o de otros.

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