Ideas sueltas sobre la Inteligencia Artificial en una época confusa (2): El lenguaje como velo

Gran parte del ruido y la confusión que rodea el ámbito de la tecnología y la Inteligencia Artificial, tiene su origen, precisamente, en las palabras que hemos ido escogiendo para nombrar sus procesos, creaciones y artilugios. Nombrar las cosas es mucho más que un simple acto descriptivo.

 

Nombrar las cosas es mucho más que un simple acto descriptivo. Está estudiado y escrito: en realidad se trata de un acto fundamental de comunicación y creación de sentido, que hace posible estructurar la realidad y las emociones, delimitar conceptos y evitar malentendidos. Es un proceso que convierte lo abstracto en concreto, y permite compartir experiencias. Y, sin embargo, muchas veces pienso que gran parte del ruido y la confusión que rodea el ámbito de la tecnología y la Inteligencia Artificial, tiene su origen, precisamente, en las palabras que hemos ido escogiendo para nombrar sus procesos, creaciones y artilugios.

No creo (o no quiero creer, dejándome llevar por teorías conspirativas), que hayan sido elegidas de mala fe. Sencillamente, como en tantas otras cosas, hemos ido adaptando palabras ya existentes a conceptos nuevos, a veces por ampliación de sus significados, o por similitud… Pero, en todo caso, algunas no han sido palabras… afortunadas, digamos, pues integradas en los discursos sociales, donde pierden la sutileza o el sentido que puede ser evidente para el experto, o el científico, tienden a mantener un significado original que, muchas veces, lo que hace es ocultar, o edulcorar, una realidad, o procesos físicos más procaces y de gran impacto.

En el anterior artículo hablaba sobre lo incómodo que me sentía con el nombre de Inteligencia Artificial. Pero es que, si lo pensamos bien, en el mundo de la tecnología, y particularmente en este ámbito de la IA, se ha producido una auténtica limpieza semántica que ha constituido una de las herramientas más eficaces para un propósito específico: desconectar, en el imaginario colectivo de nuestras sociedades, a la máquina de su ‘cuerpo’, del hardware y la red eléctrica, del esfuerzo físico que requiere sostener todo este sistema.

La tecnología, entonces, se percibe como inevitable y libre de fricciones. Incluso un poco mágica y hasta ‘biológica’. No nos engañemos, nombrar las cosas no es un acto inocuo, o baladí. Estamos ante una de las mayores distorsiones cognitivas de nuestra era.

Palabras, palabras, palabras…

¿Exagero? Veamos. Empecemos por uno de los términos más usados desde hace años: ‘la nube’. Sugiere algo ligero, que flota, atmosférico, inalcanzable, puro, que está en todas partes y en ninguna. Tus datos no pesan, vuelan. Y, sobre todo, no consumen. La realidad, en cambio, son edificios de hormigón del tamaño de estadios, con aire acondicionado a niveles industriales, zumbando 24 horas, los siete días de la semana, y consumiendo millones de litros de agua al día para no arder, literalmente.

¿Y lo de ‘virtual’? Algo que no existe físicamente, una simulación sin masa. Si es virtual, no ocupa lugar en el mundo físico. Pero, amigos y amigas…, nada es virtual en este ámbito. Todo, cada bit, tiene un costo en julios de energía y litros de refrigerantes… Para que algo sea ‘virtual’ en nuestras pantallas, ha tenido que haber una combustión de gas, una fisión nuclear o una rotación de turbina en algún lugar del mundo real.

Y ya en el mundo específico de la Inteligencia Artificial, tan solo con acercarnos nos encontramos términos tremendos. Por ejemplo, ‘entrenamiento’. Entrenamos a los modelos y sistemas de IA. Es algo maravilloso. Les brindamos un proceso educativo, de mejora de habilidades, que requiere un noble esfuerzo, casi deportivo o pedagógico… Sin embargo, de lo que estamos hablando en realidad es de una ingesta masiva de datos, a menudo obtenidos sin permiso por empresas, y un ajuste de pesos matemáticos mediante fuerza bruta computacional. Un proceso que, además, en un modelo grande puede consumir, digamos, 50 GWh, la energía de miles de hogares…

Y luego, cuando estos sistemas se equivocan en sus respuestas (o, a veces, ni siquiera entienden lo que se les demanda), decimos que se trata de que tienen… ¡‘alucinaciones’! ¿En serio? Alucina un cerebro que tiene un error de percepción, alguien que divaga mentalmente con falsas imágenes, que ‘ve’ en su psique algo que no está ahí. En la vulgar realidad, lo que tiene la IA no es más (ni menos) que un error estadístico o un trastoque de datos’ en un modelo matemático/electrónico. Este es un término particularmente peligroso por su carga antropomórfica. Al decir que la IA ‘alucina’, le otorgamos implícitamente una mente que puede estar en lo cierto o equivocada, y permanece oculto que, en verdad, estamos ante un ‘autocompletar’ que se salió de la curva probabilística.

Lo que no hay, y lo que hay

Y no, amigos y amigas, la IA tampoco ‘aprende’. No hay un proceso cognitivo, una asimilación de conceptos, curiosidad o comprensión. Solo hay optimización matemática, el ajuste de miles de millones de parámetros en una función de pérdida para minimizar el error, procesos puramente estadísticos que ocurren mediante el bombardeo de datos a través de procesadores que alcanzan temperaturas de 80°C o más.

No hay ‘minería’ de datos’, una palabra que hemos limpiado y ahora parece una actividad extractiva indolora, que sugiere que los datos están ahí, como pepitas de oro esperando a ser recogidas por un buscador astuto. Pero esos ‘datos’ suelen ser trazas digitales humanas, nuestros comportamientos y vidas privadas, que se procesan a gran escala. La única ‘minería’ que sostiene a la Inteligencia Artificial es la del litio, el cobalto y las tierras raras, realizada con maquinaria que quema diésel en minas a cielo abierto para que los chips puedan ‘minar’ bits.

Incluso llamamos ‘arquitectura’ a los diseños y formas con que construimos estos sistemas, y esto nos hace pensar en diseño artístico, en catedrales, en espacios pensados para ser habitados por la inteligencia. Pero, sin menospreciar estos diseños como forma sofisticada del intelecto humano, en realidad estamos hablando de la disposición física de componentes electrónicos en una placa de circuito impreso. ¿Elevaremos a categoría de arte lo que a menudo es una búsqueda de la ruta más corta para que un electrón no se disipe en forma de calor antes de completar un cálculo?

Dentro de poco, además, llegará la Inteligencia Artificial ‘Generativa’, un término que sugiere creación, el dar vida a algo nuevo, casi un acto divino, o artístico… No obstante, la IA no ‘genera’ en el sentido de creación ex nihilo. Simplemente, realiza una predicción probabilística sobre cuál es el siguiente píxel o palabra más probable, basándose en un promedio de todo lo que ya existe. Es una ‘máquina de promedios’ que consume una cantidad ingente de energía para ganarle la partida a lo aleatorio.

¿Y dónde dejamos ‘memoria’, una de las palabras más manoseadas en las últimas décadas por el mundo tecnológico? Etimológicamente, es una de las palabras más asociadas a nuestra consciencia. Evoca la capacidad humana de recordar, de traer el pasado al presente con matices y sentimientos. Al trasladarla a un circuito RAM, o a un modelo de IA, se nos disfraza su realidad de condensadores y transistores que mantienen estados eléctricos de ‘encendido’ o ‘apagado’ en láminas de silicio. La ‘memoria’ de una IA no es un recuerdo, sino una dirección de almacenamiento que requiere un voltaje constante; y si cortas la luz, no hay amnesia, sino la desaparición del dato…

Vivir, o procesar

Nuestros pensamientos también tienen una base física, en la que intervienen la termodinámica, la química, el electromagnetismo. No somos espíritus etéreos. Somos biología sujeta a las leyes de la naturaleza. Y, sin embargo, la diferencia es existencial. El ser humano habita su física, mientras que la IA es esclava de ella. Somos el resultado de una energía que se organizó a sí misma para vivir el universo. La IA es una energía que nosotros hemos obligado a organizarse para que nos devuelva un eco de nuestra propia inteligencia. La base física del humano es un hogar (el cuerpo); la de la IA es una fábrica (el data center). ¿Es lo mismo? Bueno, solo si aceptamos que vivir y procesar son sinónimos…

Hemos envuelto el hierro, el silicio y el calor, en palabras de algodón y vapor, para no tener que mirar el contador de la luz ni el nivel de los acuíferos mientras chateamos con la Inteligencia Artificial. ¿Ha sido esto parte de un proceso consciente? Me inclino a pensar que no. ¿Es todo parte de una gran operación de marketing, o una conspiración de las grandes corporaciones? Ufff… Yo, realmente, no lo sé.

Pero sí es cierto que esta terminología crea un sesgo de incorporeidad. Al usar palabras como ‘nube’, ‘memoria’ o ‘aprendizaje’, hemos alejado a la IA de las leyes de la termodinámica, y construido una mitología que oculta una infraestructura muy física que demanda ingentes recursos e inversiones billonarias (y trillonarias).

Si llamáramos a los modelos de IA ‘Predictores Estadísticos de Alto Voltaje’, quizá nuestra preocupación por su consumo de agua y energía sería inmediata, en lugar de ser una nota al pie en los informes de sostenibilidad. Y si viéramos que la IA no ‘decide’ (otro verbo problemático) hacer las cosas que hace, no diluiríamos la responsabilidad y no daríamos cuenta de que ha sido un algoritmo ejecutando una operación lógica basada en parámetros preestablecidos, con lo que la responsabilidad volvería al programador.

El lenguaje no es un espejo, sino un filtro de la realidad. Usar metáforas meteorológicas o espirituales para procesos industriales pesados, es un ilusionismo léxico que mantiene alejadas de nuestro debate social palabras como ‘combustión’, ‘extracción’, ‘disipación de calor’ o ‘ajuste estadístico’, Y nos permite, como usuarios, sentirnos libres de culpa. Es más fácil usar una IA si pensamos que es una ‘nube inteligente’, que si la vemos como lo que es: una ‘fábrica termoeléctrica de predicción de palabras’.

Nombrar las cosas es un acto humano, que refleja nuestra relación con el mundo que habitamos, y con las cosas que nos construimos. No lo olvidemos. Tal vez las máquinas no tengan que crearnos una Matrix. Tal vez ya nos la estamos construyendo nosotros…

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